miércoles, 7 de septiembre de 2011

Profundo a lo mejor

La obsesión de la creación artística es saludable, hace personas felices y hace personas infelices, para acá o para allá la variedad es un movimiento positivo. El afán literario, en particular, es una encomiable demostración de humanidad. Mi gran problema es que no logro captar la emotividad en ciertos textos cargados de palabrotas en ese plan de profundidad que pretenden algunos. Es que hasta para decir cosas que nadie entendería hay que tener gracia. Seré mal lector acaso.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El gran allá y el gran acá

Esto es una reflexión mediana, no es un pensamiento obstinado, fue desde su inicio una impresión repentina, aunque sí siento que es verdadera.
Hace muchos años me topé con la claridad evidente de lo que es hogar. Resolví que no era cuestión de paredes, de gente conocida, sino de equilibrio. De hecho la palabra equilibrio siempre es parte de mis siempre incipientes cavilaciones. En este caso lo que me pasa por la cabeza es la increíble proporción del hogar.
No es algo muy original lo que digo, pero sí, la distancia engrandece el hogar. Desde la lejanía de la esquina nos sentimos fuera de casa. Nuestra casa es de madera, de concreto, de familia. Nos despegamos de nuestro cuadrante, de nuestro barrio y entonces todo ese barrio, con los vecinos, con la esquina, con la casa, con nuestras familias, es ahora nuestro hogar. Luego de eso que llaman frontera ya extrañamos nuestro hogar, nuestro país, nuestro hogar político. Así seguiría hasta los llugares tan lejanos que carecen de nombre.
Algún sentido mayor tiene esto. Quizá que mientras más grande consideremos nuestro hogar, menos solos nos sentiremos, o algo así. Quizá más solos...

martes, 30 de agosto de 2011

El fin, en principio

Todo terminó. Un libro es un mundo. Un libro terminado es un libro que ha encontrado su cúspide. De todo se puede extraer luego de un final que se contempla. Terminé el libro que comenté hace unas semanas. Claro que lo terminé hace ya unos varios días, pero me encontré con la reflexión.
Creo que todo esto de la devoción a Krishna es plausible, pero esto es lo mismo con cualquier religión: son grandes mundos particulares basados en la bondad, en el bien del alma, y puedo decir exagerando de manera muy apropiada que el movimiento del ISKON es lo más próximo que he llegado tener en frente de mí que me ha resultado verdaderamente convincente... pero hasta cierto punto.
Ciertamente he tenido la experiencia de la búsqueda. Ciertamente todos la hemos tenido. Hemos buscado amparo a nuestras soledad... a nuestras soledades, y unas veces sí otras no hemos estado bien, nos hemos sentido felices, nos hemos sentido dueños de nuestro futuro. En algún momento me dio la impresión de haber encontrado algo en el templo de Krishna. En el templo sentí alegría, no tanto mía, pero sí en el ambiente. Me sentí bien, pero creo que fue simple empatía, el agradable sentimiento de saber que un grupo de grandes personas, amables, bellas, seguras de sí mismas estaban bien, estaban en un lugar y en un estado que muchos no llegan a encontrar jamás.
Pero no logré convencerme de seguir ahí. No pude devolver la felicidad que querían compartir conmigo porque simplemente no pertenecía ahí.
Me he criticado duramente muchas veces y lo volveré a hacer muchas veces más por supuesto, y ahí en el templo caí de nuevo en la cuenta de mi gran debilidad, esa que me ha pausado toda la vida: mi incapacidad para formar parte de un grupo, mi individualidad que considero muchas veces verdaderamente contaminante y que debo combatir. En todo caso no siento que ese templo sea la solución. Pero he visto claridad, una claridad importante: debo encontrar mi sendero y la gente con la que lo recorreré, pero por mi propia cuenta, tomando riesgos, no enclaustrándome. No transformándome en otra cosa que no soy. No refugiándome entre paredes renegando de un mundo que la mayor parte del tiempo me parece hermoso.
Así como nunca he estado convencido de la idea de Jesucristo ni de la idea de un infierno, tampoco me he encontrado con un verdadero convencimiento de que exista un Krishna, porque ciertamente no me siento capaz de creer en ese ser superior en cualquiera de sus formas, porque los dioses son excluyentes, son reservados para grupos diferenciados, no puedo formar parte de un grupo de devotos al cual llegué por el azar, de un azar del cual están excluidos aquellos que viven en condiciones que les limitan a aproximarse a tal, alejados de la influencia de los devotos de esta religión o de la otra y han crecido creyendo en la religión equivocada según la otra religión, apesar de que el Hare Krishna dé la impresión de no hacerlo.
Pero exagero un poco. Tampoco es que reniegue contundentemente la existencia de un dios. Hoy más que nunca la devoción me es de manera particular admirable. Hoy admiro, como no lo hice de ninguna modo antes, la idea de la romería ahcia Cartago, del ceder el corazón y el físico a la idea de un ser puro.
El caso es que no puedo contener del todo esa idea, ni esa incapacidad me representa una verdadera molestia.
Pienso de repente en la devoción como un rumbo, no hacia un paraíso o tal cosa, sino hacia algo así como la paz, la expansión y la energía de la mente. No hablo de devoción hacia una divinidad, sino a la vida o algo en ella: devoción por las artes, la risa, la ciencia, y otras tantas cosas.
Sí creo que cuando esa devoción es plena, algo se pierde en el camino, es el fin de varias cosas, entre ellas muchos males y también algunas cosas buenas. La devoción es sacrificio y el sacrificio es opcional, es un dolor opcional.



martes, 23 de agosto de 2011

Frente al espejo, todo lo demás

El reto es ver al mundo. Tolerar el ruido que nos perturba y reconocernos diferentes del árbol que camina a lo lejos y del ave que en un solo lugar del aire nos aturde. La contemplación de la vida, del mundo, es un instinto, es una primera percepción de la belleza y el misterio. Puedo asegurar que nuestros recuerdos más viejos están clavados en la montaña, en la orilla del mar o en el miedo de las tempestades y los terremotos.
Tengo la dicha de conservar, aunque vagamente, el recuerdo de un eclipse total de sol. Por otro lado, a pesar de su proximidad en el calendario, no recuerdo en lo absoluto el terremoto con el que la provincia de Limón sacó sus tobillos del agua.
El mundo es creación, es un producto de nuestros instantes; no puedo juzgar la inexistencia de un dios, porque su naturaleza es ser incomprensible para nuestras mentes en nuestros cuerpos desechables, que se descomponen y luego se mueren y se vuelven a descomponer y vuelven a vivir. 
El mundo es creación, porque nos hace felices y nos hace tristes, nos hace humanos y nos hace polvo, y nos permite, cada vez más y luego cada vez menos, olvidar esa realidad.
Nosotros somos nuestra hoja en blanco y nuestro punto negro. A veces nos vemos al espejo y nos damos cuenta de nuestra existencia tan extraña, tan espiritual a veces, tan insolente otras tantas y tan pequeña verdaderamente, sobreviviendo en este mundo voraz, creador contra nuestra voluntad, y que también sobrevive en un espacio desconocido.
Hay mucho más fuera de nosotros, la lluvia, el viento, la noche, nada es complemento de nosotros, somos los hombres quienes culminamos la construcción de la vida. Para bien o para mal.

lunes, 11 de julio de 2011

La ciencia del alma

A las 12 de la noche, luego de despedirme de una gran amiga a la puerta de su casa después de una paracaidística visita, abordé un taxi y me fui a hospedar a mi antigua casa, la cual desde mi ausencia tan solo ha envejecido unos cuantos meses. Con la llave que conservo todavía abro la puerta, encuentro una cobija a mi disposición, enciendo el televisor para terminar de consumir un poco del partido de  fútbol que me perdí en la tarde del día anterior. No lo consigo al notar que el tiempo avanzó y dejó la nota atrás. Tuve la dicha de descubrir que el mismo programa pasaría al otro día, temprano, a las 6 de la mañana. Muy Bien. Dormí y luego desperté, temprano, a las 5.30 de la mañana. Con algo de tiempo a disposición y sin ninguna enemistad con el reloj, decido dormir 10 minutos más. 10 minutos después eran las 6.15 de la mañana. Volví a perder la nota. Me aguardaba el café y una breve conversación con mi mamá. De varias cosas. Nada realmente importante.
Consumido el café, pienso en irme, pero me apresuraba demasiado. En plan de electricista obligado subo al viejo cielo raso de la casa a cambiar un balastro. El plan sale a la perfección excepto porque salió mal. De  los dos fluorescente involucrados uno alumbra a gusto pleno y el otro a duras penas. Eso nos pasa a los que no sabemos lo que hacemos.
Luego cambio el alicate por un martillo. La puerta que da al patio siempre es forzada por el gran perro que no puede andar dentro de la casa por obvias razones. Doy martillazos y me procuro cuidado, mi puntería es famosa entre mi comunidad falángica. Bromeo: "De haber sido yo uno de los romanos que clavo los clavos a Jesucristo, él se hubiera muerto a martillazos". La labor esta sí fue de mayor éxito. Mis dedos están sanos.
Ya con las sorpresivas obligaciones terminadas me dirijo a mi casa. Una gran presa me retrasa. Al parecer un oficial de tránsito, junto a su camión y sus conos están en huelga, aunque perfectamente puede ser otra cosa. El autobús se desvía para agilizar su paso y entra a lugares que nunca había visto yo antes. Eran lugares iguales a varios otros, pero nuevos para mí.
Llego al fin a casa, me relajo un poco. Mi hermana y yo nos reímos varias veces antes de que ella se vaya. De cualquier cosa nos reímos. Y luego se va.
Después de que me he quedado solo, leo. Mi amiga,de la que me despedí no mucho antes de que empezara el día, me prestó un libro, con la esperanza de que yo lo lea. Cumplí en algo, lo empecé a leer. Y de repente toda la sencillez del día se transforma. Se descubre la letra y su tinta invisible que escribe en mi ojo. Y surgen las dudas y el temor de estar llevando todo mal. Y surge el temor de tomar el camino de lo bueno, porque es muy difícil, demasiado para un pedazo de carne como lo es uno y lo somos todos. Es el sendero de la iluminación, ese sendero del que nos privamos los seres mundanos, el sendero que pocos cruzan y se me manifiesta desde el mundano acto de la lectura.
Srīla Prabhupāda es algo así como un maestro de maestros. Todo un ejemplo en el mundo espiritual por el cual se desenvuelve. Hoy más espiritual que nunca porque murió y quedó impresa su existencia en el papel. Así se hacen eternos muchos.
La lectura de unas primeras páginas implica ver un mundo en construcción. Hablo acá de cualquier tipo de texto. Este en particular construyó una imagen muy grande, casi reveladora, pero también atemorizante.
Los principios del Hare Krishna son plenamente severos, pero siempre con el enfoque de la unión. No se habla de los seres humanos como entes individuales, sino como una unión de servidores de un dios, una fuerza creadora a la que se debe servir, porque la existencia de la humanidad se basa en una superioridad con objetivo: el servicio, algo que no puede venir de parte de todo lo demás que está en el mundo. Toda la creación de Krishna.
Todo esto resulta ser una gran locura.
Imagino que ofendo con semejante afirmación. De hecho me insulto un poco a mí mismo, porque no es mi naturaleza despreciar realmente nada, pero la vida de los llamados Hare Krishna es un extremo escandaloso de la sencillez, de la bondad, de la limpieza. Es de verdad una locura en este mundo. ¿Siento curiosidad ante las posibilidades que representa la devoción a este movimiento? Sí, con claridad, tan solo con algo menos de 20 páginas de este libro. Parece ser una búsqueda de dios en el alma y no en la lejanía. Dios dentro de uno mismo. Es increíblemente atemorizante, algo que me acarrea muchas dudas también, es en realidad muchas cosas.
Todo el día narrado arriba, al principio de esta publicación sucedió antes de las 11 de la mañana. Siento que fue un día bastante completo, muy agradable... sencillo, muy sencillo. Yo siempre he sostenido que hay que ser desprendido, preocuparse poco por lo material, ser humilde, y lo he sido, pero este medio de conciencia auspiciado por Prabhupada es ciertamente extremo y, a la mera lectura de esas cuantas páginas, muy lógico, muchísimo mejor defendido que una cantidad enorme de otro tipo de religiones, claro, porque esto no es una religión, es una ciencia espiritual, o sea es como ambas cosas en unión, en una unión coherente, poderosa casi, y también sencilla. Esto es atemorizante, pero en un buen sentido, si lo hay.
Terminaré el libro y diré algo más, pero creo que las cosas dependen de una lectura propia, además de lo más completa que se pueda, la cual no he tenido aún; tal vez incluso me califique de ingenuo en ese momento. Acá está un enlace para que sepan cuál es el texto: La ciencia de la autorrealización ; quizá no cueste tanto encontrarlo por ahí.
Creo que sería un gran viaje, pero no todos tenemos la valentía o la paciencia de llevarlo a cabo, pero sí hay una lógica en esto, de verdad: la mano no puede tocar el cielo, solo señalarlo.

martes, 5 de julio de 2011

La literatura es una muñeca de trapo

Yo caí ingenuamente en la trampa de algún escritor casual desconocido y ahora poco popular que se dedicó a gastar la punta de su lápiz y la punta de sus dedos en un texto sincero, pero que alguna maroma de la estulticia nos hizo a muchos creer que García Márquez había ascendido al cielo. Gabito detestó el escrito a carcajadas.
La literatura es así, tal como él la escribió (el impostor): es un engaño.
Pero creo que a fin de cuentas a todos, seamos lo que seamos, nos gustan los engaños. Lo que no nos gusta es que se prolonguen demasiado.
Los engaños están hechos de ilusiones, de eso se disfrazan, entonces de repente nos encontramos en un éxtasis brutal, nos aproximamos a un sueño; pero si se da el caso de que ese sueño no es más que una pesadilla tras el muro, nos da gusto desenmascararla y verla frente a frente, plenamente dominantes, sorpresivos ante quien nos amenazaba.
En el caso del texto fraudulento (también descubierto uno a costas de Jorge Luis, y mucho más evidente) yo me precipité desde la cumbre de mi criterio literario en entredicho para creérmelo y sacarle copias y para colmo releerlo. Quién iba a creer que era falso.
En todo caso, creo que es natural descubrirse presa de un engaño y reirse de ello, especialmente si el daño no produce mayor golpe que el de verse acorralado por la vergüenza ajena que uno siente por sí mismo.
Ya a lo lejos del episodio es fácil ver las obvias diferencias entre el incanzable estilo del gran reportero de la hermosa perdición de Latinoamérica ante el del desvergonzado paladín del chantaje.
Pero lo dije antes y no lo retomé: la literatura es engaño, pero es la forma bonita del engaño, porque es breve, el engaño se muere, es evidente, pero nos gusta sumergirnos en él. Nada de lo que está en los libros pasó realmente, ni siquiera lo que uno mismo describe con lujo de detalles sobre su propia vida.
Creo que eso es lo que aprendí o volví a aprender a partir de ese papelucho embaucador: que la literatura esconde cosas de manera cotidiana, al lector y al mismo redactor indistintamente. Ese es el gran valor. Es evidente en este momento leer al susodicho escrito y no ver como una gran revelación el hecho de que es mediocre. Tanto más o menos como los de uno mismo.
Mucha gente habló muy mal de ese texto, simplemente porque se le atribuyó al muro de los lamentos que representa Gabo y pareció una violación descarnada. El odio no es buen arma, pero es común en todos los ámbitos en los que se embarca el ser humano. Me da la impresión de que en la literatura no se omite esta cuasiregla.
En todo caso, el odio también es un engaño; no lo digo yo, lo dice Borges.

jueves, 2 de junio de 2011

Escribir más

¿Y por qué dejó de escribir? Por cosas muy simples, pero sí, hay más de un motivo. Creo que debería tratarse de motivos increíblemente cuerdos más que acertados. En principio la culpa recidió en el profundo desencanto por lo que se escribe en la actualidad, junto con lo que se dejó de escribir. Se explica: todo tiene que ver con la ciudad, su ruido, su oscuridad gris, sus pobres seres humanos que la mastican; incluso cuando se quiere escribir sobre la naturaleza el lápiz siempre se plaga de humo negro.
Se dijo: "Yo no sé escribir sobre la ciudad", ni quería, su voz decía que eso no le gustaba, entonces dejó de escribir por eso, y porque no le gustaba leer sobre la ciudad.
Otro motivo, un poco más patético: se le acabaron las ideas. Esa era la convicción. "Ya no me queda nada que pueda decir", dijo. Es un tanto apocalíptico eso, además de ser el gran temor de muchísimos aspirantes a ser leídos: se acabaron las ideas, ¡que algún otro escriba! Es patético el exescritor ya.
El último motivo (quizá no se le ocurrieron más): escribir no vale la pena. Este no es patético, es un poco inquietante. ¿Qué se dejó decir el pobre hombre? "Todo lo que soy y lo que llegué a ser es por motivo completo de lo que he leído", dijo, "todo lo que soy... y no me creo capaz de ser algo tan grande para nadie más, lo que escribo no vale lo suficiente como para ser algo en el alma de alguien..." Se dice que el elemento de trabajo del escritor es la palabra, pero la palabra se creó para llenar un sustancia invisible: el alma. Que labor tan delicada. De ahí su incansable presencia y su inamovible capacidad para no ser nunca la misma. Siempre en constante cambio, imperceptible en el momento, y tan evidente luego que cualquiera es capaz de reconocerlo.
Pero dejó de escribir. Uno también lo piensa un poco, y sí: algo de inútil hay en escribir, porque a fin de cuentas los textos que sobreviven son una cruel minoría en cuanto a los que se pierden para siempre, por más o menos literarios que sean, no nos equivoquemos al etiquetar la escritura como una estrategia para llorar.
Uno ya ha pensado en que lo que uno escribe no vale muchísimo la pena, pero no se deja de escribir, se puede dejar de confiar en lo que se escribe, creo que eso es lo más normal, natural, humano, que pueda haber. Escribir es una tarea artificial, es una tradición de siglos y siglos, pero sigue siendo algo artificial, no es más natural que un espejo. Son parecidos pero no son iguales, ante ambos fluye la conciencia, pero no son iguales.
He abandonado el problema del pobre que dejó de escribir, que me disculpe, me distraje escribiendo.